Escarlet Aramayo no recuerda exactamente en qué momento el dolor de los pies dejó de ser lo más importante. Tal vez fue cuando el hambre se hizo más constante, o cuando el frío comenzó a calar en las noches sin abrigo, o cuando, simplemente, entendió que no podía detenerse.
Tiene 51 años, seis hijos y viene de Vaca Díez, en Riberalta. Allá, en la Amazonía boliviana, su vida transcurre entre cultivos de arroz, yuca, plátano, caña. “Nosotros vivimos de la tierra”, dice, con la voz casi apagada debido a la inflamación de su garganta. Por eso, cuando salió a marchar, dejó todo atrás. El trabajo quedó paralizado y su familia también.
Hace más de 22 días que camina, el recorrido no fue lineal, salió de las tierras bajas, donde el calor pesa sobre la piel, y subió hacia el altiplano, donde el frío golpea distinto, más seco, más hondo. En el camino, el cuerpo se fue desgastando. “Pasando hambre, pasando sol, bajo la lluvia… con los pies todos ampollados” (FUENTE-ERBOL)